El reflejo de los barrios porteños a través de sus edificios más emblemáticos

Patrimonio. El fotógrafo Sergio Castiglione miró la Ciudad para arriba. Eligió un ícono por Comuna y lo retrató para abajo a través del reflejo en un charco, un lago o el Riachuelo. El resultado: una muestra y un libro.


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El reflejo de los barrios porteños a través de sus edificios más emblemáticos
13/10/15



Todo empieza con un proyecto que a Sergio Castiglione le permitió conjugar sus pasiones: la arquitectura, la fotografía y la Ciudad. Y ahí nomás, tal vez empujado por la (casi) polisemia del término (sabrán disculpar los lingüistas la licencia técnica para mantener el espíritu lúdico), aparece el plan de jugar (con-jugar, sí). "Siempre digo que hay dos ciudades. Una a la altura de los ojos y otra que aparece cuando miramos para arriba, que es la magnífica. Uno mira para abajo y se encuentra con el charco, que de alguna manera refleja lo que está arriba", define. Con esa premisa comenzó a recorrer la Ciudad, en busca de los reflejos del patrimonio arquitectónico de cada barrio.

En el camino aparecen edificios emblemáticos, como el Palacio Barolo (Monserrat, Comuna 1), el Mercado de Abasto (Balvanera, Comuna 3) o el Planetario Galileo Galilei (Palermo, Comuna 14), clásicos como el café El Banderín (Almagro, Comuna 5), y legados históricos como el Palacio de Aguas (Villa Devoto, Comuna 11), el Edificio La Floresta (Floresta, Comuna 10) o la Casona de Los Olivera (Parque Avellaneda, Comuna 9).

"La Ciudad reaparece como un Aleph, el comienzo múltiple de miles de relatos, la posibilidad maravillosa de crear una ciudad lúdica, de rescatar el patrimonio de la historia, de percibir el espacio con la mirada de la infancia y la sensualidad de los cuerpos que la atraviesan", escribe Fabiana Barreda, también arquitecta y fotógrafa, en uno de los textos que acompañan el recorrido fotográfico. "La ciudad de Buenos Aires se potencia con la visión de este artista que hace posible que los mapas urbanos se definan no sólo por el rigor del límite de comunas sino que consientan recorridos sensibles que recuerdan aquellos primeros mapas imperiales de las memorables líneas de Borges", se suma Grace Bayala, curadora de Artes Visuales.

El recorrido gira en torno de tres ejes. En el primero, el de las emociones, aparecen la infancia (Museo de Ciencias Naturales), el candor (Basílica San José de Flores), el capricho (Museo Histórico Saavedra), la dualidad (Palacio de Aguas) y la nostalgia (Casona de los Olivera). El de los paisajes arranca en el terruño (Edificio La Floresta) y pasa por la niebla (Transbordador Avellaneda), la osamenta (Mercado Abasto), la lejanía (Iglesia del Pilar) y el remanso (Glorieta de Belgrano). Y el de las trascendencias incluye el encuentro (Café El Banderín), el epílogo (Barolo), la utopía (Torre de la Ciudad), el universo (Planetario) y la trascendencia (Cementerio de Chacarita).

"Quería salir del circuito tradicional y demostrar que en toda Comuna hay elementos para rescatar. Buscar cosas que no fueran tan típicas, como el Obelisco, el Puente de la Mujer, el Congreso o la Casa Rosada. En algunos puntos pudo más mi amor por la estructura, como el caso del Puente Transbordador de Avellaneda, que es recontra icónico. Lo mismo que el Barolo, cuyo significado arquitectónico era demasiado fuerte para que lo hiciera a un lado. Como lugar típico el café El Banderín en un barrio tanguero. Y hay pequeñas críticas, por ejemplo, en el caso del Museo Saavedra: lo que hay ahora es producto de una remodelación que destruyó el original, o el Palacio de las Aguas de Devoto, que está abandonado y sería bueno ponerlo en valor", describe Castiglione.

Lo que distingue a este grupo de imágenes es el reflejo. El recorte invertido que se adivina sobre el charco que dejó una tormenta, el Lago de Regatas o el mismo Riachuelo; a veces planchado como un lienzo perfecto, otras con el temblor que confirma el leve movimiento del agua. En el marco las filas desparejas de adoquines, los restos de hojas y ramas que dejó acumuladas la tormenta, el musgo junto al cordón de la vereda.

"La imagen del espejo es una metáfora de distintos proceso de transferencia de nuestros sentidos. A través de esas imágenes vamos acumulando vivencias cuyas características nos seducen porque nos recuerdas las primeras experiencias surrealistas de cuando éramos niños", analiza el arquitecto Carlos Dibar en otro de los textos que acompañan el material. Y evoca el recuerdo de viajar recostado en el asiento de atrás del auto mirando la ciudad al revés y para arriba, o de sentarse cabeza abajo en los sillones de su casa para descubrir otra dimensión de los espacios conocidos y, claro, el charco en el que Narciso se enamora de lo que ve.

"Me gusta la fotografía descontextualizada, la búsqueda de cosas diferentes, que te descoloquen, que ves una cosa pero en realidad es otra, ese juego de confusión. Entonces, encontré en los charcos esa cosa de magia por lo pronto efímera; hoy está, mañana no. Si quisiera sacar las fotos nuevamente sería imposible", avanza Castiglione.

Financiado a través del programa de Mecenazgo Cultural, el ejercicio se convirtió en la muestra (y el libro) Espejos Urbanos — Otra forma de mirar Buenos Aires que recorrió al Palacio de la Legislatura porteña y distintos centros de exposiciones de la Ciudad, Río de Janeiro, Florianópolis, Puerto Alegre y el consulado argentino en Nueva York.

Ahora está en el edificio de la Fundación Cassará, en el marco de la muestra colectiva Imagen. Y en cada una de las sedes comunales hay una réplica de la obra que corresponde a esa zona. "Es un rompecabezas que se puede volver a armar. Cada obra tiene un código QR que dirige a la página del libro que corresponde a esa foto. En cuanto al libro, no se puede ni quiero venderlo, lo que propongo es donarlo a los Centros Culturales y a las Bibliotecas, darle un didáctico", cierra Castiglione.



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