Owairan, el árabe que se hartó de que lo compararan con Maradona. Mirá el video.

En el Mundial de 1994, construyó una jugada parecida a la de Diego a los ingleses. Por esa maravilla, adoptó el apodo del Diez en su territorio. Un día contó que estaba cansado de esa situación. Ahora, todavía, le dicen el Rey del Desierto.
  


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Owairan, el árabe que se hartó de que lo compararan con Maradona (Click para ver galería)   
6/8/14

El hombre creyó que todo era posible. Corrió creyendo, gambeteó creyendo, definió creyendo. Y entendió en un instante que era verdad aquella manifestación del escritor Juan Villoro: "En un Mundial, cinco segundos pueden durar para toda la vida". En ese puñadito de segundos, un futbolista sin apellido ni cara reconocibles puede transformarse en el mejor y en el más famoso de todos los cracks universales. Así suceció en aquel ratito: fue el día en el que Saeed Al Owairan, un morocho flaquito y rapidísimo, jugó a ser Maradona, pero vestido con la camiseta de la Arabia de su nacimiento.

Aconteció el 29 de junio de 1994, durante el Mundial de los Estados Unidos. Arabia Saudita, dirigida por el argentino Jorge Solari, enfrentaba a Bélgica por la tercera fecha de la primera ronda. Los asiáticos necesitaban un triunfo para pasar a octavos de final. Iban cinco minutos y Al Owairan imaginó posible lo inverosímil y fue tras la epopeya fugaz: recorrió unos 70 metros en zig-zag con la pelota al pie, gambeteó a cinco belgas que miraban y corrían detrás sin poder creer, se enfrentó al arquero y, cuando estaban por derribarlo, definió cruzado. No había cualquier arquero enfrente: se trataba de Michel Preud'homme, quien en esa Copa del Mundo recibió el premio Lev Yashin al mejor en su puesto. Igual, fue gol.

Después Al Owairan abrió sus brazos, trotó mansamente, miró asombrado las tribunas del Robert Kennedy Stadium, de Washington, y escuchó el homenaje de esos miles de incrédulos desconocidos. Todos lo aplaudían. Ese año, también por semejante golazo, Al Owairan fue elegido como el mejor futbolista asiático. Usaba la camiseta con el 10 en la espalda. Con su gol a Bélgica -considerado el sexto mejor de la historia por la FIFA- demostró que no era casual el número. Desde entonces, claro, le dicen El Maradona del Golfo Pérsico.

La escena que sigue sucedió a mitad de camino entre este presente y aquel pasado lejano. Nació con una frase. "En el mundo árabe tenemos a nuestro propio Maradona. Ese que está ahí, el flaquito", decía Adnan, un joven que trabajaba como auxiliar de la FIFA en el centro de prensa de Dubai, en el Mundial Sub 20 de 2003. En la gigantografía que decoraba aquel espacio impecable, Owairan festejaba su gol inmenso, sonriente. Adnan no había nacido en Riyadh como el crack de la imagen. El era de Sharjah, en los Emiratos Arabes Unidos. Pero como casi todos en el Golfo Pérsico y su zona de influencia era un admirador del estupendo futbolista que los sauditas le habían mostrado al mundo.

Aquel gol fue la perfecta manifestación de la mejor participación de un seleccionado del Golfo Pérsico. Arabia Saudita se hizo fuerte en un grupo que parecía imposible de superar en la antesala de la competición. Llevaba la letra F y tenía como habitantes a Bélgica, a Holanda y a Marruecos. Dos europeos y un africano que venía de su mejor década histórica. El debut con derrota, en Washington, ofreció un mensaje: el equipo estaba a la altura de la gran cita. La Naranja Mecánica no fue tan impecable como sus nombres sugerían (Ronald Koeman, Frank Rijkaard, Dennis Bergkamp) y recién ganó 2-1 cuando apenas quedaban cuatro minutos con un tanto de Gastón Taument.

Lo que continuó en aquel camino fue pura magia. El 2-1 frente a Marruecos ofreció un punto de partida y muchos aplausos. En Nueva York, en el estadio de los Giants, los sauditas fueron gigantes. Pero faltaba más, el gran paso, el gran salto. En el encuentro decisivo ante Bélgica, otra vez en la capital de los Estados Unidos, Owairan hizo el gol de su vida a los cinco minutos y el equipo fue bravo, granítico, intenso durante el resto de los instantes que separaron al grito memorable de la clasificación. La eliminación ante Suecia -al cabo, semifinalista en el contexto de su mejor campaña como visitante en un Mundial- no atentó ni un poco contra aquel milagro de fútbol cuya huella sigue caminando por los rincones del mundo.

Cuatro años después de la mágica participación, Owairan -El Rey del Desierto- disputó el último Mundial, en Francia. En una conferencia de prensa previa a la eliminación del seleccionado del que ya se había convertido en referente para siempre le preguntaron por su gol inmenso. No tenía la misma sonrisa que había exhibido ante todos en aquel festejo; lucía serio. "Vi ese gol más de mil veces. Ya me aburrí de él", expresó entonces. El hombre que había sido Maradona por un día quería volver a ser sencillamente Owairan...





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