Problemas para integrar a todos.

BARRIO.
Noticias.
Muchas veces, la sociedad no cuenta con la capacidad de brindarle las mismas comodidades a todos los que la componen.
Ariel Cazares.

23/4/13

Ariel Cazares nació con una artritis deformante de sus miembros inferiores, una enfermedad que le trajo mucho dolor en sus huesos, la falta de fuerza en sus piernas que se atrofian cada día un poco más y una silla de ruedas como método de movimiento. Cuando el médico les informó a sus padres que la silla era su única alternativa, la casa de la familia Cazares su fue modificando lentamente para hacerla más amigable a la manera de desplazarse de Ariel. Pero no todo el mundo esta preparado para brindarle las comodidades que él necesita.

“No tengo recuerdos míos sin la silla de ruedas. Desde que era chiquito, yendo al jardín de infantes o jugando con amigos, siempre estuve sentado acá”, dice, señalando a su compañera de toda la vida, como le gusta llamar a su silla, con la que ya llevan 26 años juntos. “Hice la secundaria en un colegio público, la Media 7 de Avellaneda. El edificio tenía dos pisos y un ascensor, pero como nadie lo usaba, tuvieron que arreglarlo y ponerlo en condiciones cuando empecé a estudiar ahí. Igual muchas veces mis amigos me subían por las escaleras”, recuerda.

Cuando terminó de estudiar, Ariel empezó a ayudar a su padre en la librería que tenía en la planta baja de su casa. “Para trabajar no tenía problemas, no me tenía que trasladar a ningún lado. En cambio, los inconvenientes empiezan cuando tengo que viajar en colectivo: no todas las líneas tienen unidades adaptadas para la silla, y las que si, tienen pocos móviles. Muchas veces me pasó de tener que dejar pasar dos o tres colectivos hasta esperar que venga el que está adaptado. Lo peor son las veces en que el colectivo adaptado viene lleno y no me quieren dejar subir, o me miran con mala cara sólo porque se tienen que correr para dejarme pasar”. El colectivo es sólo una más de las complicaciones que tiene que enfrentar Ariel a la hora de desplazarse por la ciudad. “Es increíble la cantidad de edificios públicos que no tienen rampas de acceso, o las veces que no puedo subir a la vereda porque algo bloquea la rampa para subir. Ahora me acostumbré a andar por las bicisendas cuando estoy en Capital. Sé que está mal, pero muchas veces el estado de las veredas no me deja otra opción”.

Gabriel Vidal y Laura son los papás de María Florencia, de siete años, a quien le diagnosticaron epilepsia cuando apenas tenía tres. A causa de su enfermedad, no les fue sencillo a ellos encontrar un jardín de infantes para que su hija curse el preescolar. “El caso de Flor es bastante estable, sólo tiene que tomar su medicación todos los días, y los episodios de convulsiones, típicos de la epilepsia, son muy poco frecuentes. Sin embargo, nos costó mucho poder encontrar un jardín donde nos dieran la seguridad de que iba a estar bien”, recuerda Gabriel. La primera opción fue el jardín de infantes cercano a su casa de Caballito donde había estado Marcos, el hermano mayor de Florencia. Pero después de una reunión con la directora y varias maestras, Gabriel y Laura no se sintieron seguros de la respuesta que obtuvieron. “La directora nos explicó que el jardín había empezado a llevar adelante un plan junto a un gabinete psicopedagógico para integrar a los ‘chicos especiales’, pero lo que nosotros necesitábamos era que nos dijeran qué harían en caso de que nuestra hija tuviera un episodio traumático”. Finalmente, y a pesar de sus dudas, Florencia fue al mismo jardín de infantes que su hermano.

Luego, a la hora de la primaria, la elección fue más sencilla. “La anotamos en una escuela privada, donde a la mañana tiene clases comunes, y a la tarde tres veces por semana, participa de un taller especial donde junto a otros chicos hacen ejercicios de rehabilitación o actividades para desarrollar su cerebro. A partir de entonces, las convulsiones casi como que desaparecieron, y cada vez que la ve el neurólogo nos comenta cómo está avanzando. De hecho, últimamente le fue reduciendo la cantidad de medicación”, se esperanza.

Sin embargo, las comodidades no están siempre al alcance de las manos. “El único problema es que la escuela nos queda un poco lejos, en Villa Devoto. Todos los días la llevo y la voy a buscar en el auto hasta la escuela, y cuando se queda a la tarde, va Laura a buscarla. Sería mucho más fácil, o más práctico, que los dos vayan a la misma escuela, pero no encontramos otra más cerca donde la pudiéramos llevar a Flor. Igualmente, es un sacrificio que hago con gusto todos los días, por mis hijos no lo dudo ni un segundo”.

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