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Comer en el buffet del club, un cl√°sico que vuelve al barrio

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Los eligen por el precio, el estilo casero, las porciones abundantes y el trato. “Saludamos, los clientes se saludan. Somos como una gran familia”, cuentan encargados. Y destacan las charlas de sobremesa. Hay men√ļes de mediod√≠a desde $140.



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07/12/2017

El verm√ļ con ingredientes, el vino por vaso, la medida de bebida blanca, el turnarse para pagar la vuelta de cerveza. La picada, el caf√© con descuento para socios, las minutas, el cono de papas; los mazos de cartas gastadas con el tarro de porotos, el buraco, diarios, la libretita con las deudas de los clientes y los chicos pidiendo, llevando y luego los pap√°s pagando al fin del d√≠a.

Eso, todo eso, eran los buffets de los clubes de barrio. Los buffets de los clubes porte√Īos de las colectividades, en cambio, se hicieron famosos por su oferta gastron√≥mica: sus salones y sus platos fueron lo que -hist√≥ricamente- m√°s los caracteriz√≥.

Pero en los √ļltimos a√Īos cuatro o cinco a√Īos, la tendencia se agrand√≥: los clubes de barrio se remodelaron y comenzaron a cambiar los buffets por restaurantes, bodegones, parrillas o cantinas. Hoy, se puede decir que los vecinos porte√Īos los adoptaron como una nueva opci√≥n de salida a comer. Por sus precios, las porciones abundantes, el trato y el ambiente familiar.

Atl√©tico Palermo. “Es notoria la sobremesa. Se quedan a charlar”, se√Īalan. / Constanza Niscovolos

Los ejemplos sobran: el Ferroviario, elegida como la segunda mejor parrilla de la ciudad seg√ļn los lectores de Clar√≠n, est√° dentro de un club. En Gimnasia y Esgrima de V√©lez Sarsfield, a veces hay que esperar que se desocupen las mesas para comer, como en cualquier otro gran restaurante. La semana pasada, en Devoto, Kimberley inaugur√≥ un bodeg√≥n restaurante que se define como “Cocina de barrio con olor a club”. Y en el Club Social Parque, hoy cerrado por remodelaciones, se est√° construyendo, entre otras cosas, un restaurante.

Norma Ru√≠z Orrego empez√≥ a trabajar en la gastronom√≠a en Paraguay. All√≠, su familia ten√≠a un “copet√≠n” (restaurante) y ella se encargaba de cocinar para un grupo de alba√Īiles, a los que les vend√≠a el men√ļ a domicilio, en la obra. M√°s adelante se hizo “camarera profesional”, como aclara, en uno de los mejores restaurantes del centro de la ciudad. En 1992 decidi√≥ emigrar a Argentina y en 1997 conoci√≥ al buffetero del Club Sunderland (Lugones 3100), en Villa Urquiza.

Diecinueve a√Īos despu√©s Norma recibe a Clar√≠n en el buffet del club, al que describe como “un bodeg√≥n de barrio”. Lo primero que aclara es que no vende patys ni panchos; que en cambio, para los chicos, prepara pebetes. “Antes que comida chatarra, prefiero ofrecerles ravioles o fideos caseros, o una milanesa con papas”, dice.

Norma cree que hace unos siete a√Īos que a su buffet llegan, para almorzar o cenar, muchos m√°s no socios que socios. Que fue gracias al “boca a boca” por las porciones abundantes y los precios. De lunes a viernes al mediod√≠a tiene un men√ļ de $140. De noche, se puede comer libre por $250: con entrada, con vino, con plato principal y con postre.

Otra cuesti√≥n importante, dice Norma, es que ella te atiende personalmente: “Cuando yo voy a comer a un restaurante no le veo la cara al due√Īo. Ac√° es distinto: es como que vienen a mi casa. Saludo cliente por cliente y ellos se saludan entre ellos. Se sienten como en casa”.

“Pepe” es el encargado de la cantina que funciona en el Club Atl√©tico Palermo. Mientras habla, a su lado pasan vecinos con ropa deportiva y empleados con delantales. Dice que adem√°s de buenos precios y platos abundantes, el lugar atrae porque “los clientes no necesitan arreglarse tanto para venir a comer. Muchos prefieren escaparle a la formalidad del restaurante. Ac√° lo formal no existe; es como una familia, donde es muy notoria la sobremesa: el cliente se queda a charlar”. Lo dice y pone de prueba a un grupo de hombres, a los que se√Īala. Est√°n vestidos con ropa deportiva, despu√©s de jugar al b√°squet en el gimnasio y ba√Īarse en el vestuario.

Sunderland de Villa Urquiza. Es como visitar una casa amiga, definen. / Constanza Niscovolos

“Pepe” y los empleados que hoy trabajan aqu√≠ se formaron en distintas cantinas tradicionales de la ciudad, como la de Arnaldo, de Luigi, de Don Carlos y de David. Hace tres a√Īos, comenzaron a trabajar en el Club Atl√©tico Palermo. Y que el p√ļblico que arrastraron es el de las cantinas y bodegones. Con una diferencia: comer en el club es un 20% m√°s barato que en un comercio a la calle. “Los clubes dan consignaciones baratas y te dan la posibilidad de no tener un men√ļ tan caro. “Pepe” tambi√©n habla de otro factor clave a la hora de elegir d√≥nde comer: el mozo. “El mozo que por lo general trabaja en los clubes es el de la ‘vieja guardia’”, asegura. El del restaurante, seg√ļn su concepto, espera; no se acerca. Es m√°s fr√≠o y de trato m√°s distante.

Lucas Palombo (24) naci√≥ cuando su pap√° acord√≥ la concesi√≥n del buffet del Club Gimnasio Chacabuco. Hoy est√° al mando, y dice que sus clientes son los no socios. “Tengo mucha gente que me dice que va al cine y despu√©s, en vez de quedarse en el patio de comidas, viene a comer ac√°. Antes del cine, tambi√©n”. Dice no parar de sorprenderse del barrio de los comensales. Tiene algunos que vienen desde Villa Urquiza: se cruzan la ciudad, esquivan Palermo y siguen hasta Parque Chacabuco. Y agrega que en el √ļltimo a√Īo se sum√≥ mucha gente nueva. O por internet, o por Facebook, o por recomendaci√≥n de otro.

Cada noche espera a sus clientes con cinco mozos. Mozos-mozos, de los de buffet: uno de ellos cumpli√≥ 80 a√Īos. Los mediod√≠as tiene un men√ļ ejecutivo de $145. Aclara que en un restaurante com√ļn puede valer ese mismo precio, pero sin entrada. “El target del cliente es el que viene a comer hasta reventar”, comenta. Y concluye: “Ac√° com√©s barato y abundante y en un lindo ambiente. Como representante del lugar, me acerco a la mesa, los saludo. Cuando se dan esas tres cosas, el cliente no vuelve a otro lado; te adopta”.



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