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Villa-Devoto

Laucha, caballo o perro... siempre quise a los animales.

Mundos íntimos. Amor y pena. Siente, como muchos, pasión por los perros y los gatos pero, como pocos, se rebela ante el sufrimiento de cualquier bicho, incluso aquellos que no le resultan agradables. Confiesa aquí las peripecias que inventó para defender tanto a unos como a otros.
  


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Laucha, caballo o perro... siempre quise a los animales (Click para ver galer√≠a)   
12/8/14

Creo saber cu√°l fue el antecedente m√°s remoto de esta pasi√≥n m√≠a que, como todas las pasiones, me complica much√≠simo la vida. Tendr√≠a unos cinco o seis a√Īos, por ah√≠, y era muy libre en una casa grande, llena de recovecos y escondites, con hermanas mayores que no se met√≠an conmigo.

La laucha, por su parte, era diminuta, no llegaba a los cinco centímetros.

Y no es que me resulten agradables, ni las lauchas ni las ratas sobre todo, pero la cosa es el sufrimiento de los bichos, cualquiera. Hasta los insectos me traen problemas, y si mato una mosca o una hormiga que me ataca una planta o la comida, me aseguro de que esté realmente muerta, que no quede ahí, agonizando.

Y esta laucha, la recuerdo muy bien, andaba por la casa como si tal cosa. De manera indirecta ya había provocado la rotura de una jarrita que mi mamá quería mucho, y eso fue malo, muy malo.

La que la rompi√≥ fue ella, mi mam√°, no la laucha, pero parec√≠a al rev√©s. Fue al tirarle un golpe tremendo de repasador que la laucha esquiv√≥ y la jarrita no. Y a partir de ese d√≠a la sa√Īa, el rencor, fueron mayores. Hab√≠a sobrevivido a dos trampas con queso –que para asombro de todos se comi√≥ sin quedar atrapada–, a numerosas persecuciones a pura escoba, y adem√°s a ese de-safortunado rev√©s de repasador.

Los d√≠as pasaban, ella a veces desaparec√≠a y mi mam√° murmur√≥ m√°s de una vez que se habr√≠a ido de la casa. Pero no. De pronto alguien de la familia juraba haberla visto atravesar la cocina y meterse en uno de los peque√Īos agujeros de la base del horno o cruzar veloz como una idea el comedor diario. Y todo empezaba de nuevo. Hasta el d√≠a en que la laucha cometi√≥ un error: hac√≠a calor y la ventana del living, pero no la persiana, estaba abierta. Ella, inocente, se meti√≥ en aquel hueco que se profundizaba a derecha e izquierda, donde los paneles de vidrio de la ventana estaban siempre cerrados. No s√© qui√©n lo hizo, posiblemente mi mam√°, la due√Īa de aquella jarrita preciosa, pero la ventana fue cerrada de un solo golpe: de ah√≠ no podr√≠a salir, que se muriera de hambre.

Robustiana. Así la bautizó mi papá cuando se volvió evidente que la cruzada contra ella no terminaría enseguida: los días pasaban y la laucha se mostraba investida de un extraordinario entusiasmo. Creo que nunca confesé que le ponía comida y algo como un dedal de agua cada noche, hasta que entreabrí la persiana y Robustiana, sin un sonido y sin girar la cabecita ni mirarme, desapareció para siempre.

Y la memoria es caprichosa, pero creo que un episodio que marc√≥ otro hito hondo en esta pasi√≥n m√≠a fue el del caballo. Es cierto, de una lauchita a un caballo hay un salto inmenso, pero mi pasi√≥n nunca fue cuesti√≥n de tama√Īo. De hecho, en casa hubo un pato, un conejo, un ping√ľino, un loro … y perros, siempre hubo perros, nunca m√°s de uno en forma permanente, pero estaban los rescatados por m√≠ de la calle que se quedaban hasta que les consegu√≠a due√Īo. Mi mam√° apenas soportaba estos inquilinatos, yo deb√≠a cuidarme de abusar, por eso lo del caballo fue tan fugaz, pobrecito.

Todo empez√≥ una ma√Īana de invierno. Los que seguramente lo hab√≠an robado de alg√ļn lugar lo ten√≠an en aquella lonja de pasto y yuyos que corr√≠a junto a las v√≠as del ferrocarril desde la barrera de Chivilcoy hasta el and√©n de la estaci√≥n Villa Devoto, unos doscientos metros dir√≠a hoy. Y no era ancha esa tira que no cuidaba nadie, desde las v√≠as hasta los eucaliptos tendr√≠a unos treinta metros. Detr√°s del alambrado que encerraba ese espacio hab√≠a una vereda angosta y despu√©s la calle. Y las casas, asomadas a todo eso. Muy lindo era, pero yo rara vez iba hasta ah√≠, no hac√≠a falta, mi mundo estaba de este lado de las v√≠as. Aquella ma√Īana estos chicos estaban ah√≠ con un caballo, y lo montaban en pelo, de a dos, y el de atr√°s se resbalaba y entonces se o√≠an las risotadas, y le pegaban con una rama de √°rbol para que corriera ida y vuelta. Me acerqu√© cuando vi el palo y entonces tambi√©n not√© la matadura sobre el anca y que rengueaba. Corr√≠a mal, menguando la pata derecha. O tal vez era la izquierda. Y vi c√≥mo el que iba colgado de las crines lo castigaba con el palo justo en la matadura. Y que el caballo daba un cabezazo hacia arriba y arremet√≠a por unos metros. Y aflojaba enseguida. Habr√≠a querido hacer algo tremendo, lastimarlos. Sin embargo eran tres varones de unos quince a√Īos, y yo no pasaba de los diez, y medio flaca.

En la cuadra de mi casa éramos unos cuantos, cinco sin contar a Hugo, que era más grande, y yo. Ante mi falta de aire y un relato confuso, fueron de ley y sin hacer muchas preguntas estuvieron dispuestos.

Nos armamos con cualquier cosa que sirviera para golpear, y claro, así empiezan las guerras y tal vez había y hay otros modos, pero menos inmediatos, eso seguro. Les caímos encima sin hablar, contundentes, uno de ellos intentó atropellar, tirar una patada, pero se quedaba solo y de pronto claudicó también él y se alejó corriendo.

El caballo …, primero le dimos agua, un balde, dos, la vecina que miraba desde su ventana nos dio. Hugo ofreci√≥ su cintur√≥n y esquivando los trolleys cruzamos la avenida y una calle hasta mi casa … Mi mam√° estaba en el centro y no volver√≠a hasta m√°s tarde, eso nos daba varias horas y en el fondo hab√≠a lugar de sobra. Entramos todos y yo le lav√© la herida con agua oxigenada diluida y un trapo limpio, √©l daba vuelta la cabeza para mirar lo que le hac√≠a pero se dej√≥.

Le habl√© suave y le acarici√© el cuello, habr√≠a querido que se echara, que descansara un poco, pero los caballos son distintos de los perros, se quedan mucho parados. Y entonces llam√© a la Sarmiento. El n√ļmero lo hab√≠a buscado otra vez, antes, y lo ten√≠a. Llegaron bastante r√°pido, el camioncito le gan√≥ a mi mam√°. Lo subieron con cuidado, con cari√Īo me pareci√≥. Tampoco volv√≠ a verlo y no s√© qu√© hicieron con √©l, no pregunt√©, pero cualquier cosa era mejor que aquellos cabezazos que daba cuando le pegaban donde estaba lastimado.

En esa √©poca m√°s o menos, o quiz√°s un par de a√Īos antes, apareci√≥ el-gato-que-me-mira , otro amigo instalado en mi memoria.

La infancia para m√≠ estuvo recorrida por interminables resfr√≠os y bronquitis, supongo que anduve cerca del asma, pero nunca me fue dicho y no pas√© de mucha cama y demasiado abrigo. Y mi cama estaba de frente a una ventana del primer piso y al √°rbol del para√≠so que crec√≠a en la vereda, frondoso. Y un d√≠a en que ah√≠ estaba, las cobijas hasta el cuello y la estufa a keros√©n a todo trapo, el gato apareci√≥ ah√≠, sentado en una rama, mir√°ndome fijo. Al d√≠a siguiente volvi√≥ y se ubic√≥ en la misma rama. Al tercero yo lo esperaba y hab√≠a hecho a un lado mi pianito amarillo, las cartas, el Cerebro M√°gico … y me qued√© mirando el √°rbol y la rama para verlo llegar. Se tom√≥ un tiempo para acomodarse y pareci√≥ encantado de encontrarme preparada.

Le dije cosas, lo saludé con la mano, qué sé yo, me gustaba que volviera, pensé que me reconocía y le gustaba mirarme. Pero la ventana estaba cerrada y no me oía. Cuando estuve bien y el doctor Cerdeiro me dejó levantar, empecé a ponerle comida en el alféizar y el-gato-que-me-mira se habituó a bajar por la rama a comer, y a dormir entre la persiana y los vidrios de la ventana cerrada.

No pod√≠a pretender que mi mam√° me permitiera hacerlo entrar, bastante era que me dejara darle de comer. Supongo. √Čl, como todos los gatos, ten√≠a un relojito escondido en el pelaje, porque todos los d√≠as a la misma hora bajaba a la vereda a esperar al viejo que pasaba con su carro, tirado por un caballo m√°s viejo que √©l, y sin bajarse, por encima de la antigua reja, les revoleaba carne a los gatos que viv√≠an en el bald√≠o de enfrente. Tambi√©n el-gato-que-me-mira com√≠a de aquella carne, bofe seguramente, hasta que un d√≠a, sin explicaciones, se fue y no volvi√≥ a mirarme.

Lo de los perros se agudiz√≥ con el tiempo, sobre todo desde que tuve mi propia casa. Necesariamente, porque es lo que m√°s hay, perros sueltos, sin due√Īo ni amparo, los que m√°s nos miran a los ojos. Siempre. Y la pasi√≥n no achica, ah, ser muy rica …, rescatar a todos …, y sin la estupidez esa del linaje.

Un perro es un perro, o qué.

En un momento dado llegué a tener cuatro y una gata en casa al mismo tiempo. Dos ambientes.

Pinta fue la primera de ese grupo, de esa etapa que se apoyaba en m√ļltiples antecedentes. Ella era una especie de pointer con una mancha negra en el lomo y unas orejas enormes y paradas en infinito alerta. Mejillones XL parec√≠an. Fue Alejandra Pizarnik la que dijo que los perros sonr√≠en con la cola y las orejas. En su caso, t√≠mida, insegura, el alter ego de Woody Allen, no por sus orejas extraordinarias Pinta re√≠a a carcajadas. Las primeras noches, era verano, la llev√© al parque y la vi correr en grandes c√≠rculos a mi alrededor, una flecha que parec√≠a no mover las patas. Llevaba varios a√Īos conmigo, Pinta querida, cuando apareci√≥ Panna en una esquina. A ella le busqu√© due√Īo con tenacidad porque las dos eran grandes y la casa chica. El primer d√≠a la ofrec√≠ diciendo “una perra gris”, que al ba√Īarla result√≥ ser casi blanca. Y por suerte le encontr√© due√Īo enseguida, yo misma, claro. Tan alegre, Panna, le cambi√≥ el √°nimo a su hermana, entraba en casa caracoleando, y las tres nos acomodamos juntas lo m√°s bien.

No imaginaba entonces que faltaban dos: Oso, un perrito marr√≥n oscuro, un callejero profesional que se paraba en las esquinas de las avenidas para cruzar junto con la gente. Hasta que cerramos vivi√≥ en el negocio de muebles de campo que ten√≠a con una socia en Palermo Viejo, se quedaba ah√≠, su cucha, tomando sol entre los muebles al lado de la gata, Azul, y de pronto se iba y nosotras espantadas pero libertarias, hasta que volv√≠a, quince, veinte minutos m√°s tarde, indemne. Iban cuatro con Azul, esa gata tan sabia que me mostr√≥ dulcemente lo que es la supuesta indiferencia de los gatos: s√≥lo independencia. Y as√≠ me iba poblando, hasta que apareci√≥ Nano … cruzando la calle de casa un s√°bado de lluvia, chiquito, cabr√≥n, tan amado. Lleno de garrapatas y chicles pegados en el pelo. Fue el √ļltimo de esa etapa irrepetible, un ramo de estrellas en los ojos de cada uno, y no les estoy contando nada Hoy est√° Tigre, enorme, buenazo, insisti√≥ tanto durante varios d√≠as en esquinas poco gratas, √©l y su mirada redonda de caramelos media hora …, el heredero de una casta incomprensible, que resiste cualquier definici√≥n, que se estira como un largo bostezo en el tiempo de la memoria, del amor, de la pasi√≥n m√°s claramente inhumana que he tenido. √Čl est√°, los otros estuvieron. Mi privilegio.



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