Villa Devoto: Descubrí que la música me hizo muy feliz en la vida.

“Descubrí que la música me hizo muy feliz en la vida”. Quien lo dice es Ángel Mahler, acaso uno de los compositores y directores de orquestas más exquisitos que tenga la escena nacional y cuya proyección se torna más enorme asociada a Pepe Cibrián, ese otro talento que ha permitido que el musical sea parte de la escenografía sonora de los días cotidianos de cualquier vecino.
  


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19/8/14

Ángel Mahler dialogó con EL ARGENTINO en la mañana del viernes pasado, cuando llegó a la ciudad para presentar el domingo 24 a las 20:30 en el Teatro Gualeguaychú el musical tanguero “Mireya”.

El descubrimiento de la música en el hogar de su infancia, pero también el piano en la escuela primaria y más tarde la conquista de la técnica con los grandes maestros, fueron parte de este diálogo que refleja –a manera de invitación- a no hacer esperar la respuesta cuando el llamado de la vocación hace temblar el alma.

-Ubique al lector cuándo y dónde nació y cómo se vinculó a la música.

-Nací el 23 de mayo de 1960 en Villa Devoto. Mi familia es de clase media, de trabajadores, inmigrantes. Soy el hijo mayor, y luego vinieron dos hermanos mellizos que les llevo cinco años de diferencia. De mi infancia recuerdo que en mi casa se escuchaba mucha música, especialmente ópera. Recuerdo especialmente los domingos, cuando mis padres escuchaban una audición por radio. Y lo otro que tengo grabado es que mis padres con mis abuelos el único lujo que se daban era ir de vez en cuando al teatro a escuchar ópera. La ópera fue en esa generación un gran espectáculo, que con el correr de los años fue como mutando hacia el musical. Lo concreto es que mi infancia estuvo rodeada por la música, en una época donde reproducir una canción no era fácil como ahora e incluso los equipos eran enormes y costosos. La alternativa era radio y teatro para escuchar música.

-La escuela primaria fue influyente en materia musical.

-Muchísimo. Fuera de mi casa, la escuela fue mi primer contacto con la cultura. A los siete años, cuando estaba en la primaria, mi maestro de música me incentivó y me animó tanto a mí como a mis padres a incursionar en el piano. Ese maestro, con el cual a lo largo de la vida tejimos una hermosa relación de amistad, se llama Oscar. Él tocaba el piano muy bien y me fascinaba, especialmente cuando en el piano hacía sonar un Estudio de Chopin en Do Menor y que siendo profesional me di el gusto de tocar también.

-Siete años, una edad más para los juegos y el recreo…

-Justamente, me iba de los recreos a la sala de música donde estaba el piano y tocaba con dos dedos. La vida está llena de misterios. Este maestro una vez fue a hablar con mis padres. Se presentó en mi casa y recuerdo que fue un acontecimiento. Y tengo ese recuerdo de mi maestro de música de la escuela, sentado frente a mis padres, explicándoles que yo tenía cierto talento que era conveniente consolidar.

-¿Y qué pasó luego de esa recomendación?

-Otra cosa increíble. Con muchos esfuerzos, mis padres me compraron un piano. Yo no había alcanzado los ocho años y mis padres me habían regalado un piano y comencé a estudiar piano con una gran responsabilidad. A pesar de mi corta edad, sentía la alegría de estudiar piano gracias a mis padres y comprendí que lo debía hacer también en gratitud a ese gran esfuerzo.

-Un niño estudiando piano, sacrifica amistades…

-No, en absoluto. Siempre tuve amigos tanto en la primaria como en la secundaria. Es cierto que la música siempre me atrapó y le dedicaba muchas horas, pero nunca hubo sacrificio en el sentido de dejar de lado algo. Claro, capaz que en vez de ir al campito a jugar con mis amigos, prefería el piano… pero tuve ambas cosas aunque prevaleció el estudio. Sí reconozco que respondía al llamado de la música y tal vez en la balanza si tenía que elegir, la elección me era natural: estudiar piano, hacer música. La conexión con el piano siempre me hizo feliz y con los años encuentro esa felicidad en la música y en el arte en general.

-De adolescente continúo los estudios de música…

-Siempre y aún hoy sigo estudiando. Recuerdo que si mi maestro de piano me daba una hoja de partitura para estudiar, si podía yo avanzaba un par más. Me era inagotable el estudio, pero no me cansaba nunca.

-Era una obsesión…

-No. Una persistencia, porque de niño me di cuenta que era mi vocación y que me gustaba lo que hacía y además me hacía sentir muy feliz, muy completo.

-Cuando marca un ciclo en esa experiencia…

-Si tuviera que ubicarnos en el tiempo, a los 17 años comienzo nuevas etapas de estudios más vinculadas con la armonía y la composición. En esos años conozco a “Monolo” Juárez, que todos sabemos es un gran maestro argentino, con quien estudio orquestación. Y también conozco a una maestra de piano que se llamaba Evi Swillinger.

-Se quedó pensando.

-Sí. A los siete años mi maestro de música de la escuela primaria me sacudió el alma, la cabeza al enseñarme las posibilidades que daba el piano. Y diez años más tarde, tanto Juárez como Swillinger, vuelven a sacudir mi alma con otras sutilezas y aprovechando más las técnicas. Swillinger había estudiado a su vez con Vincenzo Scaramuzza, que es una referencia ineludible de los grandes pianistas que ha dado el país como Marta Argerich, Bruno Gelber y Daniel Barenboim. Tuve la suerte de estudiar con una alumna de Scaramuzza como fue Swillinger.

-Y qué le atraía de la música…

-Siempre me atrajo la posibilidad de contar historias a través de la música. Las primeras composiciones estaban muy emparentadas con la ópera, pero siempre predominó esto de contar historias, de hacer música para teatro. Y a los 22 años conozco a Pepe Cibrián, cuando él estaba haciendo su primer proyecto grande que era Calígula.

-¿Cómo se conocieron?

-Yo trabajaba en una casa de música y gracias a una amiga en común, voy a un ensayo y me doy cuenta que me gusta la comedia musical. Hay que imaginarse: tenía 22 años, estaba frente a una historia como la de Calígula, el vínculo con la música y me sentí en mi eje, en un espacio que me era muy familiar. Empecé ahí y no paré nunca más. Con Pepito llevamos más de treinta años haciendo lo que más nos gusta y trabajar juntos.

-De nuevo los comienzos…

-Sí. Empecé como arreglador y con el trabajo fuimos forjando Cibrián-Mahler y me siento muy cómodo participando desde el principio en una obra musical como la que presentamos. Mire, Pepito Cibrián ya venía de una familia talentosa, vinculada con el arte y fue muy generoso conmigo porque me dejó crecer y hoy somos una dupla muy sólida. Eso lo logra alguien que está muy seguro de sí mismo y al mismo tiempo muy generoso con los demás. Tengo dos hijos que lo llaman tío, porque hemos sabido forjar una amistad que es como una familia. Y cuando le conté que llevamos casi 32 años trabajando juntos, me doy cuenta al decir eso que es una de las relaciones más largas que he tenido en la vida. Por eso tenemos mucha empatía para imaginar cómo debe ser una obra arriba del escenario.

-Se volvió a frenar en el relato…

-Es que todo esto que estoy contando, que estoy compartiendo, me llevó a descubrir que la música me hizo muy feliz en mi vida. Gracias a la música he sido feliz y eso es lo que trato de transmitir y contagiar con quienes trabajo. La música ha sido mi elección de vida.

Algunas obras. La capacidad de producción que ha tenido la dupla Pepe Cibrián-Ángel Mahler ha sido enorme. Tal vez la obra “Drácula” –entre otras- pueda destacarse como el musical que se ha transformado en una especie de ícono en la historia musical del país.

Pero también el “El Jorobado de París”, “El rey David”, “Las mil y una noches”, “La importancia de llamarse Wilde”, “Dorian Gray, el retrato”, “Otelo” o “Excalibur, una leyenda musical”, deben inscribir sus nombres ya con categoría de casi leyenda.



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