Con el pase a la final explotó la fiesta en toda la Argentina.

Una multitud salió a las calles en todas las provincias para celebrar el triunfo de la Selección. Como hace 24 años, el Obelisco fue el epicentro de los festejos porteños. Y hubo banderazos en los barrios.
  


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10/7/14

Los festejos en serio empezaron después de las 20. Una hora más tarde, la alegría popular ya desbordaba al Obelisco y la mayoría de las avenidas que lo rodean eran peatonales. Había clima familiar y futbolero. Burlas para Brasil. Ninguneo para Holanda. Desahogo. Carnaval en pleno invierno, con 10 grados y más de 50 mil personas en éxtasis.

Argentina llegó a la final de un Mundial, otra vez, después 24 años. Algunas historias se repiten. En el ‘90, el pedido de perdón era para Bilardo. “Sabella, ¡sos lo más grande! Y pensar que yo te puteaba...”, gritaba, como muchos, ayer Maximiliano (25), un chico de Flores que había llegado al Obelisco. Al fin de cuentas, la “argentinidad” también admite corregir errores. Romero se transformó en San Martín. Y Rojo fue mejor que Roberto Carlos.

Anoche, los turistas veían caceroleros indignados, sino cacerolas que sonaban para festejar. Y ellos, también saltaban. Desfilaban nenes chiquitos, mujeres, señoras atildadas, borrachos y tipos que duermen en la calle. Con banderas, papelitos y cualquier cosa que fuera celeste y blanca. No había “a favor” ni “en contra”. Sí, una alegría casi furiosa.

El Metrobús dejó de andar y su vía privilegiada se transformó en sambódromo. Corrientes, cortada desde Callao hasta 9 de Julio, con una marea que avanzaba y seguía creciendo a las 10 de la noche. Carlos Pellegrini y Cerrito, con ríos de gente que inflaban el pecho con el paso de los vencedores. Se veían abrazos, carcajadas, gritos. En los cruces de 9 de Julio y las avenidas principales, como Rivadavia o Belgrano, había multitudes de gente festejando. Empezaron a estallar fuegos artificiales. Las bajadas de la autopista, en esa zona, también colapsadas. Los taxis, extinguidos. Los celulares, por suerte, no llevan balas. Porque las selfies se disparaban a ritmo de metralla.

¿De dónde salió tanta gente? Aunque por la cantidad era posible especular con que los barrios se mudaron al Centro, en los barrios también hubo desbordes de alegría. Acoyte y Rivadavia estuvo cortada horas por la marea de vecinos. También Federico Lacroze y Cabildo, Nazca y Mosconi (donde hubo imitador del Papa Francisco). En el centro de Ramos Mejía y muchas plazas del GBA se repordujo el jolgorio.

El desahogo fue potente, como ese que viene después del sufrimiento. Después de moderar el entusiasmo porque no se había jugado tan bien y porque hasta al dueño de casa lo habían humillado. Después del penal de Maxi Rodríguez, llegó el festejo, como si se hubiera ganado la final.

“Brasilero, brasilero, que amargado se te ve...” se cantó en el Obelisco tanto como “Brasil decime que se siente...”. En la Plaza de la República, un vendedor remataba posters de Neymar con lágrimas a 10 pesos. Las letras decían: “Papá se queda en tu casa”. Alguien trajo un Cristo redentor inflable de por lo menos 15 metros. Lo levantaron frente al McDonald’s de Corrientes. No lo inflaron del todo. Temblaba, se bandeaba, la cabeza se le caía. La gente bailaba alrededor dedicándole burlas, como en el final de un casamiento en el que los amigos del novio ya están muy borrachos.

En otro rincón, pintaban la cara con los colores argentinos por 5 pesos. “Sí, pintamos la cara, como le hicimos hoy a Holanda”, dijo un maquillador. Una réplica de la Copa del Mundo, de unos 10 metros y de cartón, empezó a avanzar en andas, entre la muchedumbre. Desborde alegre, como si hubiera sido preparado durante 24 años.

Colaboraron Gisele Sousa Dias
y Diego Geddes




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