Villa Devoto : Leopoldo Lugones y los suyos: una tragedia argentina

Se cumplieron 140 años del nacimiento del poeta. Buscó ser “el poeta nacional”. En política, exaltó a los militares. Su hijo inventó la picana; su nieta, años después, la padeció. Por Gabriela Cabezón Cámara. " De oro y rosa bicromábanse los cerros de occidente ” escribía Leopoldo Lugones en 1905, cuando ensayaba su propia épica, La guerra gaucha, un libro de cuentos modernista sobre la lucha por la Independencia protagonizado por esos hombres de tierra adentro cuya voz habían tomado sus antecesores, de Bartolomé Hidalgo a José Hernández, el siglo anterior. Cerca de sus centenarios, los países de Latinoamérica buscaban una identidad. Había que crearla y darle voz. Y justo cuando la región, y especialmente nuestro país, se veía sacudido por enormes oleadas migratorias.
  


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Leopoldo Lugones y los suyos: una tragedia argentina   
14/6/14

La literatura era uno de los espacios de esa disputa simbólica, de la definición de ese ser; quién entraba, quién quedaba afuera, a quién le correspondían la gloria y las riquezas. A un siglo de la Independencia, la Nación y el Estado requerían un “poeta nacional”: a eso se abocó Leopoldo Lugones. Y le salió bien. Tramó su apellido con la historia de la literatura argentina. Y, más trágicamente, con la Historia argentina a secas.

Empecemos por lo primero y démosle la palabra a Borges, tan certero cuando opinaba sobre literatura: “Si tuviéramos que cifrar en un nombre todo el proceso de la literatura argentina (...) ese nombre sería indiscutiblemente Lugones. En su obra están nuestros ayeres, y el hoy y, tal vez, el mañana. Nuestro pasado está en El imperio jesuítico , en El payador y en la Historia de Sarmiento : el tiempo que fue suyo, el del Modernismo, en Las montañas del oro y en Los crepúsculos del jardín . El Lunario sentimental , que data de 1909, prefigura y supera todo lo que hicimos después. La obra de Martínez Estrada y la de Güiraldes son inconcebibles sin él. Tal es el lado positivo. El reverso fue su tendencia a encarar el ejercicio de la literatura como juego verbal, como un juego con todas las palabras del diccionario”.

Además de ensayar la propia épica Lugones (Córdoba, 13 de junio de 1874) consagró a Martín Fierro como la épica nacional. Epopeya, decía él, para precisar sus intenciones: definir a Fierro como un héroe arquetípico que representaba los valores de la nación. Qué valores serían esos, leyendo hoy a Fierro, ese gaucho llorón y asesino porque sí un par de veces, sería tema de larga discusión. Lugones eligió, frente a los millones de inmigrantes, hacer del gaucho el arquetipo nacional. Y darle un lugar central a Hernández. Por ese entonces no era casi naturaleza considerar al Fierro el clásico nacional.

No se quedó ahí Lugones: se entregó en cuerpo y alma a la política y es eso lo que más se recuerda de él; no tanto su etapa socialista como la fascista. En el infausto discurso de Ayacucho, sí, el de “la hora de la espada”, dijo cosas como esta: “El ejército es la última aristocracia, vale decir la última posibilidad de organización jerárquica que nos resta entre la disolución demagógica.” No habrá sido lo decisivo, pero los militares tuvieron quien les cantara. Este llamado fue en Perú, en 1924. A partir de entonces, Lugones empezó a quedarse solo, no eran muchos los que compartían su pasión por los uniformados. Y llega la hora de hablar de su familia y de recomendar un libro recién editado por De la Flor: Cuervos de la memoria. Los Lugones, luz y tinieblas, de Tabita Peralta Lugones, bisnieta del escritor.

Ese mismo año, el del discurso, su hijo, también llamado Leopoldo pero más conocido como “Polo” había sido condenado a diez años de prisión por violar y torturar a chicos del instituto de menores del que estaba a cargo. Lugones se arrodilló ante Yrigoyen para pedirle que cancelara la condena “por el buen nombre de la familia”. El radical le dio el gusto. Polo era temible desde su adolescencia: lo encontraron violando gallinas que ahorcaba cuando estaba llegando al orgasmo. Ya mayorcito, cuando fue comisario, introdujo la picana como elemento de tortura. Su hija Pirí la padecería años más tarde, de la mano de los militares que su abuelo consideraba “la última aristocracia”. Su padre, El Poeta, llegaría, años después, a llamarlo “esbirro”.

Fue así: en 1926, Lugones, que se jactaba de ser “el hombre más fiel de Buenos Aires”, se enamoró de una estudiante que lo visitó en la Biblioteca del Maestro y le pidió un ejemplar de Lunario Sentimental. El romance duró seis años y conocemos detalles porque ella guardó sus cartas, salpicadas de sangre y semen porque al escritor no le alcanzaban las palabras para dar cuenta de su pasión, hasta su muerte en 1981. Se hizo enterrar con un peluche que él le había regalado cinco décadas antes. Se separaron en 1932: Polo, ya todopoderoso policía, hizo espiar al padre, descubrió la relación, fue a la casa de ella y la amenazó con encerrar al escritor en un manicomio si ella no interrumpía el romance.

Tal vez fue eso, tal vez la decepción que le produjo la dictadura de Uriburu; lo concreto es que en 1938, Lugones se fue de la Biblioteca al Tigre. Paró en una farmacia, compró arsénico, se tomó una lancha colectiva hasta el Paraná, alquiló una habitación en El Tropezón, pidió un whisky, que no lo molestaran e inauguró una tradición de suicidios en su familia. Lo último que lo vieron hacer vivo fue romper una botellita de vidrio contra un escalón. Horas después, lo encontraron muerto, retorcido en el suelo, lejos de la cama. De los motivos nada dijo: apenas dejó escrito “No puedo concluir la Historia de Roca. ¡Basta! Pido que me sepulten en la tierra, sin cajón y sin ningún tipo de nombre. Prohíbo que se dé mi nombre a ningún sitio público. Nada reprocho a nadie. El único responsable soy yo de todos mis actos”.

Al suicidio del padre siguió el del hijo. Ya retirado, devenido albacea de la obra paterna, Polo vivió encerrado, temiendo venganzas, en una casa en Villa Devoto. Su segunda mujer –la primera, Carmela, lo dejó, harta de su sadismo– estaba muriendo. No soportó la soledad: en 1971 se voló la cabeza. Por las dudas, había cerrado todo y abierto el gas de estufas y cocina.

Hacía muchos años que su hija Pirí había dejado de verlo. Le había tocado, cuando era una nena de diez años, leer una nota sobre su padre, “el torturador”. Supo que era cierto y se apartó de él tanto como pudo.

Pirí volvió a llevar el apellido Lugones a la cultura: mujer de su tiempo y editora, fue una de las protagonistas del gran mundo editorial y cultural argentino de los 60. En los 70 tampoco se le achicó a su tiempo y su tiempo le dio un gran amor pero dolores de esos que rozan con lo inefable. Su hijo Alejandro, a los 21 años, se suicidó, como su abuelo y su bisabuelo. Su último gran amor fue secuestrado y desaparecido por la dictadura. Ella misma, militante de Montoneros, fue desaparecida, torturada y asesinada por los militares que su abuelo había llamado en Ayacucho.



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