Vuelven la calesitas a las plazas.

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Abrieron en el Parque Indoamericano (Lugano), en la plaza Noruega (Belgrano) y en la Terán de Villa Real. Y hay obras para hacer diez, en total. Es un gran incentivo para recuperar las plazas.
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21/4/14

“La sortija es la primera victoria del ser humano, después de nacer”. La frase no es de ningún sociólogo, antropólogo o filósofo. Es de Tito, 45 años de calesitero, al frente de la calesita más antigua de la Ciudad de Buenos Aires, y tesorero de la Asociación de Calesiteros.

Se dice, en el barrio de Devoto, que el que creció en la zona y no conoce a Tito es porque no tuvo infancia. Hace unos años, cuando le dijeron que no le renovarían el contrato de alquiler del terrero, los vecinos juntaron 10.000 mil firmas. No querían que se fuera. “Una de esas mamás que traía a su nene era Sandra Castillo, en ese momento Directora del Departamento de Relaciones con la comunidad de la Ciudad. “Al enterarse, se movió para que instalemos la calesita enfrente, en la plaza Arenales, y le regularizó la situación a otros 32 calesiteros”, recuerda. Antes, todo era un problema. Había que licitar cada tres años y el calesitero tenía miedo a invertir por temor a perder la licitación. Pero todo cambió.

Y Tito dice, mientras barre y responde a cada chico que se acerca a la reja a preguntarle a qué hora abrirá, que él le paga un premio al que pueda transmitir con palabras lo que sienten los chicos cuando ganan la sortija. Porque viendo esas caras todos los días, aún no encuentra cómo describir esa situación. Pero lo que Tito tampoco sabe describir es lo que sintió la vez que un muchacho grande, con su mujer e hijos, se acercó y le dijo que le agradecía todo lo que había hecho por él. Tito no sabía de qué se trataba, hasta que le contó que había sido un chico de la calle, y que nunca se olvidaría de todas las vueltas que le dejó dar gratis.

En la Ciudad hay 54 “Titos”, y en los próximos meses se sumarán otros seis. Cada mes se reúnen en un club de Floresta a comer un asado y hablar y discutir de carruseles. Pero hace poco más de un año, en ese mismo lugar, recibieron una buena noticia. En tiempos donde todo lo viejo se recicla, se elimina, se reemplaza o se olvida, las calesitas iban a comenzar a resurgir. Y la calesita volvió a ser la primera salida del niño con sus padres; la foto que no puede faltar en el álbum de la infancia. El área de Cultura del Gobierno de la Ciudad les cedió habilitaciones para instalar diez nuevas calesitas en plazas porteñas. “El propósito también fue que las familias regresen a las plazas. Que mejore el ambiente, que sea un lugar de encuentro”, dice Carlos Pometti, Secretario General de la Asociación. Ya abrieron las del Parque Indoamericano (Lugano), plaza Noruega (Belgrano) y plaza Terán (Villa Real). Guillermo Gonzáalez Heredia, Director General de Promoción Cultural explica: “La calesita representa el sentido de pertenencia al barrio. Para los chicos significa lo mismo que representa el café porteño para los grandes. Es una forma de vincularse, por eso estas acciones”.

La primera calesita giró donde ahora está la plaza Lavalle, frente al Teatro Colón. Había sido fabricada en Alemania y traída a nuestro país en 1867. Veinticinco años después comenzaron a fabricarse aquí y con el tiempo comenzaron a exportarse a Brasil, Perú, Uruguay, Paraguay y Chile. Construir una podía llevar un mes de trabajo. Hubo una época, en las épocas doradas, que todas las plazas tenían su calesita. Pero con el tiempo, muchas fueron desapareciendo: en su mayoría porque alquilaban y estaban en terrenos que se vendieron para construir edificios. La sortija fue un invento argentino, desde 1930. Se dice que las calesitas llegaron a funcionar hasta con un hombre tocando un órgano, y un caballo caminando cuando sonaba la música, haciéndola girar.

El primer domingo desde la inauguración de la calesita de la plaza Noruega, en Belgrano, llegó una mujer de 93 años, compró una ficha y dijo que era para ella, que se quería subir sola. El marido la acompañó, y la miraba. “Los vecinos se acercan y te dicen que les encanta, porque se parece a cuando ellos iban a la calesita del barrio”, dice Alejandro Pedroarena, 35 años de calesitero. Junto a sus dos hijos, como antes él con su papá, tienen la concesión de plaza Noruega y la Martín Fierro.

Ahora, las cosas cambiaron, comenta. Antes, se subían chicos de hasta 9 ó 10 años. “Hoy los pibes de seis vienen pero a jugar al metegol. Te dicen que ya son grandes para la calesita. El tema es que antes no había otra cosa para divertirse. Pero algo tienen que tener las calesitas para seguir generando cosas en los chicos durante décadas”.

En Belgrano, desde la inauguración, se encuentra con chicos de siete u ocho años que no saben lo que es una sortija. Y le pasa que cuando llega y cruza la plaza antes de abrir la calesita, los chicos lo saludan con la mano y lo siguen. Para Alejandro, cuando un nene sube a la calesita, solo, es todo un desafío: es la primera vez en la vida que se aleja de su mamá, que ella le da la confianza para no estarle encima por unos minutos.

En la Ciudad hay calesitas con características de todo tipo: en Liniers, hay una que está ubicada en el patio de la casa del dueño. La de Parque Las Heras, por ejemplo, tiene doble piso. Otra, de Boedo, es la única intervenida por artistas urbanos (ver: “En un taller...”) La de Parque Chacabuco llegó a ver pasar a tres generaciones de dueños. Y la lista podría seguir.

Pero desde que los calesiteros comenzaron a trabajar en las plazas designadas para construir, no la tuvieron fácil. En Plaza Mafalda, por ejemplo, hubo vecinos de los edificios de enfrente indignados porque decían que sus departamentos se desvalorizarían. Llegaron hasta a tirar varias veces la casita que construían para cobrar las fichas. En Belgrano pasó algo parecido. En la plaza Noruega hubo vecinos que se quejaron y hasta juntaron firmas. Decían que no querían que por una calesita sus perros perdieran lugar para dispersarse. Pero al final, dicen, siempre ganan los buenos, y las calesitas se instalaron igual. Porque los únicos buenos, siempre, son los chicos.



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