Un bohemio cargado de buenas canciones.

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Ante veinte mil personas, el Salmón presentó su último disco, “Bohemio”, en un recital en el que lo nuevo se mezcló con lo clásico.
Andres Calamaro.
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9/12/13

Suele haber un problema con los shows de fin de año de los grandes artistas: tienen ese regusto a estratégica elección de calendario. Como si cantar último fuera cantar mejor. Eso y exhibir cucardas donde la mención del evento termina siendo el motivo que convoca y opaca toda intención: Charly en el Colón o el recital más convocante de la historia, como el propio Indio Solari anunció en el pleno transcurrir de su concierto en Mendoza.

En tiempos de trofeos y medallas, Calamaro prefiere llegar bien estudiado y pisado a dar todas las bolillas. Anunciará, en algún momento de sus largas dos horas en el escenario, que es el show 31 del Bohemio Tour. Los alistados visten de negro, igual que él, como apóstoles que se toman la noche para un matar o morir que podría obviarse: hay 20 mil fans dispuestos y dispuestas a delirar por un repertorio que ya es ganador desde las gateras del Hipódromo.

En plan “pandilla salvaje”, la banda (de la que el cantante es parte tocando un teclado Roland con una vincha que le amucha el pelo hasta dejarlo como un Keith Richards por Gasalla) ataca las canciones. Las interviene con compromiso, musicalidad y fiereza. Todos apoyan las vocales del jefe. Los guitarristas alternan aristas: la sutileza de Julián Kanevsky y su maestría slide vs los solos flasheros de Baltasar Comotto. El arranque es con dos clásicos de Los Rodríguez (Mi enfermedad y A los ojos), pero hay especial dedicación a mechar los hits con las canciones de Bohemio. El tema que titula su último disco es uno de los mejor cantados de la noche, con un tono que realza el perfil entre Alberto Cortez y Cacho Castaña que lo navega. Entre tanta ductilidad, al groove de la cumbia Tres Marías (dedicado a Pablo Lescano en víspera de su cumpleaños) le falta un poco de cadera, pero enseguida se rehacen organizando un reggae seco y preciso en torno a Tuyo siempre: un arreglo que es un gol de media cancha, a tono con el que en ese mismo momento marca Marcelo Vidal para dejar al querido Independiente del intérprete en zona de ascenso. No es la única sincronicidad de la noche: los versos ¿alusivos? de Doce pasos (“Después de haber tenido a la más linda/ tengo que bailar con la renga”) salen mientras el trío de Mataderos, cuyo nombre hace honor a una mujer tullida, toca en paralelo en Navarro.

En un momento, Andrés le dedica Algún lugar encontraré a León Greco y lo saluda como al Gran Hermano (mayor) en actividad del rock local. Habla de Gardel y Leguisamo e introduce su fascinación por el período Bitches Brew de Miles Davis para presentar una jam concentrada de jazz que le queda robusta & blanca, más cerca de la Mahavishnu que de la citada inspiración, lo que no es poco decir, en tanto una veinteañera del público explica por whatsapp a su interlocutor(a): “Este tema no lo conozco”. Los homenajes son frecuentes y los invitados ninguno: a Lou Reed en Carnaval de Brasil y a los Stones en Me arde. En tiempo de bises, una noción hardcore de De música ligera (Soda Stereo) corona Los chicos. Previamente, las versiones a tres guitarras de El Salmón y Alta Suciedad abonan el amor de Calamaro por el rock sureño de Lynyrd Skynyrd. Exudaciones de un fan de la música que no puede concebir que sus fans no se vuelvan a casa con la panza llena, gordos de año nuevo.









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