Alfredo Casero: “Siempre digo lo que pienso”.

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En la piel de un abogado de elástica moral, es uno de los cinco “Farsantes” de El Trece. Con un personaje bien distinto al juez que interpretó en “La dueña”, suelta dosis de su humor, sin apelar a la comicidad. Charla con un tipo frontal.
Casero.
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14/7/13

A los 50 años, no se desvive por las luces de colores ni se obnubila por los brillos de su oficio. Uno podría decir -corresponde decir- que es uno de los cinco Farsantes (a las 22.45, por El Trece). Pero él se ubica, conceptual y físicamente, como si fuera el último. En las promociones de la tira está unos pasos atrás del pelotón, en los créditos figura detrás de sus cuatro compañeros y en los estudios Baires, donde se graba el programa, ocupa el camarín del fondo. Y, para más detalles, no tiene tipeado su nombre en un cartel formal, como el resto (menos Facundo Arana, que está en el tercero, sin identificación externa). Ni siquiera dice Alfredo Casero: él, de puño y letra, con birome negra, ensayó un Sir, Rodolfo Bebhan (ver Su alter ego).

Toda una declaración de principios: “No hay nada mejor que los demás vayan primero... A mí, personalmente, siempre me gusta ir último. Y si no estoy, llamo más la atención.

¿Por qué último?

Tengo una teoría: yo creo que el mejor Martín Fierro es el que uno no gana, porque después viene la gente y te dice ‘Te lo tendrían que haber dado a vos, cómo no te lo dieron’ .

¿Nunca te dieron ninguno?

El único que me podrían haber dado por mi labor cómica, después de Cha cha cha, se lo entregaron al Puma Goity por dos programas que hizo de Trucholandia con Miguel del Sel. Cuando vi eso dije ‘Ah, bueno, esto no es por donde yo creía’ ’. Ser actor cómico es una tarea que me cuesta tanto, que a veces no tengo suficiente energía para entender determinadas cosas. Y es el día de hoy que la gente me dice ‘Che, cómo te cagaron con el Martín Fierro’ . La gente se acuerda de eso (Sí ganó uno, en 2004, por Locas de amor).

¿Te importan los premios?

Sí, pero no me quitan el sueño, para nada. Es más, acordate que una vez gané el Gardel como revelación por Shimauta (el tema que canta con delicada exquisitez y que musicalizó parte del Mundial Corea-Japón del 2002). Y yo dije ‘No, muchachos, yo ya tengo hechos como tres o cuatro discos, no puedo ganar como revelación, no puedo sacarle esa oportunidad a Bandana o Leo García . Y lo devolví. Se armó un quilombo bárbaro y, claro, me lo hicieron pagar después, pero no me importa.

Casero habla por esa última frase. O por varias de sus frases: “Siempre digo lo que pienso”. Y es de los que hacen lo que piensan. Ajeno a los rumores de conflicto en el elenco -que completan Julio Chávez, Arana, Benjamín Vicuña y Griselda Siciliani-, reconoce que “yo sólo trato de asentarme en el personaje, porque tengo que darle entidad. Los autores confían en cada uno: lo que está escrito tiene que ser algo que nos creamos nosotros a la hora de hacerlo. Yo trabajo en primera persona, ‘le creo, no le creo, me va, no me va’ . Algunos vienen con su idea y todo bien. Lo mejor es que las aguas de los egos se vayan calmando para que pueda armarse una cosa biológica vincular. Yo sé lo que estoy haciendo y me gusta. Podría ser mucho menos modesto, porque tengo un montón de años en esto, pero ponerme a explicar eso ahora sería un plomazo. ¿Viste esos que dicen ‘yo tengo tantos años de trayectoria y no te voy a permitir...’.

Bueno, no permitas y listo. Te decía, entonces, que los dos directores me dejan la posibilidad de hacer. Y yo soy muy divertido en el set.

¿Y en la vida también?

No tanto. Bueno, sí, la mayoría de las veces soy divertido. No me gusta el sufrimiento al pedo, ni lo solemne al pedo. Y menos cuando laburo. Ay, cómo me aburre la solemnidad... O esos que citan forzadamente a (Konstantin) Stanislavsky. Hay que reconocer una cosa: uno es lo que es y uno llega a hacer lo que le gusta en la vida, cuando digo uno digo Alfredo , después de haber luchado mucho. O porque, por esas suertes de la vida, tengo un don. Un don que hace que la gente se ría: he tomado eso y lo he hecho trabajar en mí. Es mi pequeña revolución feliz para que la gente se divierta. Todas las semanas tengo un show en diversos lugares, que puede ser en Charata (Chaco) o en Caleta Olivia (Santa Cruz). Se llama Estese confuso 2.0. Ahí tengo un contacto directo con el público. La devolución de la gente es muy importante. Ya no existe el actor que está en un pedestal. Los actores tenemos que bajar más a una cosa que, dentro de lo que nos gusta, sea popular.

Tal vez, en vez de pedirles que bajen, habría que pedirles que no se suban.

Sí, pero ojo, que no hay que sacar al actor del lugar en el que la gente lo tiene. No es bueno quedarse sin esa sensación de diva.

Está bien que la gente lo ponga, pero no que cualquiera se suba solito… Sí, eso sí, pero hay cosas que no se pueden controlar. A mí me parece bien que las sociedad tengan divas. No habría nada más triste que a uno, de viaje por el exterior, le preguntaran ‘¿Quiénes son los íconos del espectáculo de su país’?

Y que uno tuviera que decir, ponele, Jesica Cirio o Luisana Lopilato, con las que no tengo ningún problema. Pero las figuras fuertes, con historia, son necesarias.

Si viene un extranjero y te hace esa pregunta, ¿vos qué contestás?

Sin dudarlo digo Mirtha Legrand y Susana Giménez (ver Casero, entre…), digo Marcelo Tinelli, Adrián Suar. Podría nombrar a gente que ya murió, como Sandro o (Juan Carlos) Altavista.

La charla, en su despojado camarín, luego de sus lentejas del mediodía en el comedor de los estudios de Don Torcuato, deriva, por roles, estilos y talentos en Alfredo Alcón. “Este oficio me ha hecho un gran regalo al poder trabajar con él (en los inolvidables tiempos de Vulnerables, hace 13 años). Me tiene mucho cariño. Y yo a él ni te digo. Alcón es serio y es de verdad. ¿Y sabés cuándo se ve que una persona es maestro? Cuando es piadosa con el que no entiende, cuando es generosa.

¿Por qué en tu camarín dice Rodolfo Bebhan?

Porque no sé si Alfredo Casero trabajaría en la tele, ahora. No sé si tengo ganas de estar 10 o 12 horas en un estudio de televisión.

Bueno, se ve que sí.

No, yo no, pero Rodolfo Bebhan sí. Preguntá acá afuera -los pasillos, el estudio- y vas a ver que todos me conocen por ese nombre.

Con las ropas prestadas de Marcos -ver Un abogado...-, de trajes sobrios y corbatas llamativas, confiesa que “por lo único que me gusta esta época de mi vida es porque puedo dedicarme a las dos cosas que, creo, tiene que dedicarse toda persona para que el mundo cambie: uno tiene que trabajar por la belleza y por el bien. Por la profundidad de la belleza. Y el bien, para mí, es la risa. En Farsantes hago humor, pero no comicidad.

Con la vida repartida entre San Luis y la Capital Federal (“estoy viviendo en la casa que era de los Chocaklian -los personajes centrales- en Tratame bien ”), comparte que no se ve “haciendo humor en esta televisión”. Creador de ciclos que dejaron huella en el género, como Cha cha cha, dice que “Yayo Guridi me causa gracia y algunas cosas de Peligro, sin codificar (Telefe) me parecen graciosas, pero otras no”.

Y cuenta que cuando no graba Farsantes o no se presenta por el interior con Estese confuso 2.0, pone toda su energía en la preparación de su película, Cha3Dmubi, “en la que estoy laburando como loco. Cualquier proyecto que yo tenga, lo debo sostener con otro laburo. Mucha de la gente del cine está acostumbrada a que la guita se la dé el Estado, entonces los que te cobran piden mucha plata porque piensan que te la dieron. Y no, yo me rompo el lomo solito”. Todo casero, con minúscula o mayúsculas, da igual en este caso.









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